A las 22:10, como si el número fuera casual en territorio sagrado, las luces del Microestadio Malvinas Argentinas de Argentinos Juniors se apagaron y el pulso del público empezó a latir al ritmo de una liturgia conocida. En la casa simbólica de Diego Maradona, donde el diez es religión, Skay Beilinson apareció con su banda para confirmar que el rock también tiene sus propios dioses.
El arranque fue casi cinematográfico: “La nube, el globo y el río” se fundió con “Paria” y marcó el tono de una noche que no iba a dar respiro. Siguió “Soldadito de plomo”, filoso, y “Tal vez mañana”, donde la guitarra de Skay empezó a desplegar ese lenguaje propio que mezcla crudeza y mística. “Aves migratorias” y “Late” mantuvieron la tensión en alto, preparando el terreno para el primer estallido colectivo con “Todo un palo”, uno de los guiños más celebrados al universo de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota.
La banda sonó ajustada, quirúrgica por momentos, pero sin perder esa suciedad necesaria que pide el rock. “Criminal Mambo”, con un guiño a “La bestia pop”, profundizó esa conexión con el pasado ricotero, mientras que “En la cueva de San Andrés” y “Síndrome del trapecista” mostraron el costado más oscuro y experimental del repertorio.
Promediando el show, Skay se movió entre climas: “Arcano XIV”, “La pared rojo lacre” y “Chico bomba” construyeron una atmósfera densa que explotó con “Presagio” y “El fantasma del 5to piso”. Pero el punto de quiebre emocional llegó, inevitable, con “JiJiJi”: pogo desatado, gargantas al límite y esa sensación de pertenencia que atraviesa generaciones.
El tramo final fue una declaración de principios. “El Golem de Paternal” sonó como un homenaje al barrio, seguido por “Yo soy la máquina” y “Flores secas”, que sostuvieron la intensidad. Y cuando parecía que ya estaba todo dicho, llegó otro golpe directo al corazón ricotero: “El pibe de los astilleros” fusionado con “Nuestro amo juega al esclavo”, en una versión que hizo temblar el estadio.
El cierre, con “Oda a la sin nombre” y “El sueño del jinete”, bajó la persiana de una noche donde el tiempo pareció suspenderse. A sus 74 años, Skay no solo toca: invoca. Y en La Paternal, entre ecos maradonianos y almas rockeras, volvió a demostrar que su ritual sigue intacto.